Mientras los mercados siguen cada movimiento de la Reserva Federal, en Washington se desarrolla un enfrentamiento más silencioso pero igual de decisivo para el futuro de las criptomonedas. No es entre criptos y reguladores, sino entre dos niveles del Estado americano: el federal, que quiere una ley única y ligera, y el de los estados, que teme quedarse desarmado justo cuando las estafas se multiplican.
La voz de este segundo frente la pone una de las fiscales más temidas de Estados Unidos, Letitia James de Nueva York, quien acaba de presentar ante el Senado un ataque contundente al CLARITY Act. Su tesis es tan sencilla como incómoda: esta ley quitaría policías de las calles.
Lo que dijo la fiscal
En un testimonio escrito entregado al subcomité permanente de investigación del Senado, James sostuvo que el CLARITY Act, tal como está redactado, se impondría sobre las leyes estatales que hoy permiten a los fiscales locales investigar y perseguir los delitos vinculados a las criptomonedas. El mensaje es claro: la ley reduciría el número de agentes que vigilan el sector justo cuando las pérdidas por estafas alcanzan niveles históricos.
Los datos que aporta son contundentes. Según su oficina, las estafas con criptomonedas representan el 10% de todos los fraudes financieros y, sobre todo, el 50% de todas las pérdidas en dólares por fraude. La mitad del dinero que los estadounidenses pierden en engaños financieros, sostiene, pasa hoy por las criptomonedas. Desarmar a quienes las combaten a nivel local sería, en este contexto, un error histórico.

La paradoja del momento
Concretamente, lo que hace explosiva esta postura es el contexto. La intervención de James llega justo después de que el Departamento de Justicia federal desmantelara en la práctica su propia unidad dedicada a la aplicación penal contra los fraudes con criptomonedas. En otras palabras: mientras el nivel federal retrocede, la ley en discusión también quitaría poder al nivel estatal.
El resultado, advierte la fiscal, sería un vacío real: nadie vigilando de verdad. Por eso su intervención pesa más que una simple objeción técnica. No está diciendo “regulen de otra manera”, está diciendo que la combinación entre la retirada federal y la prevalencia sobre las leyes estatales dejaría a las víctimas sin nadie a quien acudir.
La puesta en juego: quién hace la guardia
Para entender por qué este enfrentamiento importa, hay que enmarcar la estructura del poder americano. Históricamente, los fiscales generales de los estados, con Nueva York a la cabeza, han sido el verdadero brazo operativo contra los abusos financieros, a menudo más rápidos y agresivos que las agencias federales. La disputa no es ideológica, sino sobre quién tendrá el mando.
Dos visiones opuestas de la misma ley
Por qué el gobierno federal y los estados chocan por el CLARITY Act
- El frente pro-ley: una sola norma federal clara evita el caos de 50 regulaciones estatales distintas y da certeza a las empresas.
- El frente de los estados: una norma federal débil que se impone sobre las locales priva a los fiscales de las herramientas para perseguir los fraudes.
Hay que decirlo con honestidad: ambas posiciones tienen fundamento real. La industria tiene razón cuando dice que un mosaico de cincuenta regulaciones estatales distintas es una pesadilla para quien opera legalmente. Y James tiene razón cuando advierte que una ley federal débil, que anula las estatales sin reemplazarlas con controles igual de eficaces, crea un agujero. El problema no es elegir entre federal y estatal, sino evitar terminar con lo peor de los dos mundos: reglas ligeras arriba y manos atadas abajo.
I'm calling on Congress to implement stronger regulations on cryptocurrency platforms to protect consumers and investors from scams.
, NY AG James (@NewYorkStateAG) July 27, 2026
Without safeguards, these scams cost people massive financial losses.
We must act now to protect investors, our economy, and national security.
Por qué esto también importa fuera de EE.UU.
Este debate no es un asunto exclusivamente estadounidense, y es aquí donde se vuelve relevante para lectores en América Latina o España. El dilema de fondo es universal: cómo se escribe una norma que dé certeza a las empresas sin despojar de herramientas a quienes deben hacer cumplir la ley.
En LATAM, donde países como Argentina, Venezuela o El Salvador han adoptado posturas muy distintas frente a las criptomonedas, la tensión entre regulación central y autonomía local es igual de real. Las plataformas que operan en la región, muchas afectadas por las exigencias de MiCA en Europa, observan con atención cómo se resuelve este pulso en Estados Unidos, porque marcará precedente global.
Europa, con su regulación MiCA, eligió el camino opuesto al que James teme: un marco único y detallado, aplicado por autoridades nacionales que conservan sus competencias. Es un modelo más pesado, criticado por la industria por sus costes, pero que al menos no crea el vacío de control que denuncia la fiscal neoyorquina. El choque de Nueva York muestra, en definitiva, el precio de haber legislado demasiado tarde: cuando se llega tarde, cada ley se convierte en una batalla entre intereses ya consolidados.
La lectura más amplia
Más allá del destino concreto del CLARITY Act, esta historia revela algo que acompañará a las criptomonedas durante toda la década. La fase en que la pregunta era “¿hay que regular las cripto?” terminó: la respuesta es sí, en todas partes. La nueva pregunta, mucho más áspera, es “¿quién las regula, y con qué poderes?”
Es una batalla burocrática, sin el atractivo de un precio que explota, pero es la que decidirá de verdad si el sector se convierte en una industria madura y vigilada o en un far west con un cartel de legitimidad sobre la puerta. Y como suele ocurrir, el frente más duro no enfrenta a quienes quieren las cripto con quienes no las quieren, sino a dos partes del mismo Estado disputándose el derecho de hacer la guardia. Quienes quieran entender el marco normativo estadounidense pueden consultar nuestra guía sobre el CLARITY Act. Los documentos oficiales están disponibles en el sitio de la fiscalía general del estado de Nueva York.


