La inteligencia artificial ya no es una tecnología experimental reservada a laboratorios de vanguardia. Hoy está profundamente integrada en los mercados financieros, el sector bancario y las infraestructuras de pago de todo el mundo. Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, advierte que este avance trae consigo riesgos sistémicos que ningún regulador puede ignorar. Los actores del sistema financiero están divididos: algunos, como el gobernador del Banco de Inglaterra, ven en la IA una amenaza real; otros, como directivos de grandes bancos europeos, la consideran una frontera en la que sería impensable no invertir.
Lagarde se alinea con quienes exigen cautela. Lo dejó claro en Fráncfort, durante el discurso de apertura anual del Comité Europeo de Riesgo Sistémico (CERS), organismo que ella misma preside.
Oportunidades enormes, pero también riesgos sistémicos
“Si queremos utilizar la IA con sabiduría, los responsables políticos deben anticipar los riesgos para el sistema financiero. El AI Act europeo establece normas para los sistemas de inteligencia artificial según los riesgos que conllevan. Pero no es suficiente: abordar los modelos de frontera, que se vuelven cada vez más potentes, exigirá también cooperación a escala global.”
Con estas palabras, Lagarde abrió su intervención antes de precisar que la inteligencia artificial presenta:
“Enormes oportunidades en términos de eficiencia, pero también la aparición de nuevos riesgos sistémicos.”
El matiz es importante. Lagarde no rechaza la tecnología; reconoce su potencial transformador para la banca y los pagos. Lo que le preocupa es la velocidad a la que los modelos más avanzados, los llamados modelos de frontera, están acumulando capacidades sin que los marcos regulatorios hayan tenido tiempo de adaptarse. En Europa, la CNMV y el Banco de España siguen de cerca la exposición de entidades financieras a sistemas de IA de terceros, aunque la normativa específica aún está en construcción dentro del paraguas del AI Act.
El paralelismo con la Guerra Fría
Para ilustrar el momento que vivimos, Lagarde recurrió a una analogía histórica. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética acordaron límites a sus arsenales nucleares y trabajaron juntos para frenar la proliferación de armas atómicas, aun compitiendo ferozmente en todos los demás frentes. Hoy la situación es distinta, y Lagarde no ocultó su inquietud:
“La diferencia entre aquella época y hoy es que Estados Unidos mantiene un claro liderazgo en la IA de frontera. Podría considerar cualquier acuerdo global como un medio para frenarse a sí mismo, pero esa es una visión corta de miras.”
La presidenta subraya que existe un interés común de todo el planeta en impedir que los modelos más avanzados caigan en manos de estafadores o actores malintencionados. Por eso defiende que emerja una cooperación global sobre esta materia, que involucre a todas las naciones que han desarrollado y adoptado la IA, sin excluir a ninguna potencia tecnológica.
El CERS que Lagarde preside ha advertido de varios riesgos concretos. Las defensas cibernéticas que protegen los sistemas financieros críticos deben revisarse y actualizarse, ya que los modelos de IA más avanzados modifican de forma sustancial la naturaleza de las amenazas que esos escudos deben contener. Las autoridades financieras deberían garantizar que las empresas planifiquen respuestas rápidas y coordinen su actuación en el caso, nada deseable, de que un ataque se extienda a todo el sector.
Preocupaciones compartidas más allá de Europa
Los temores de Lagarde resuenan en otros ámbitos. El senador estadounidense Bernie Sanders ha expresado una postura similar: considera potencialmente peligroso continuar inundando de capital el sector de la inteligencia artificial, dado que los modelos ya crecen a una velocidad difícilmente sostenible. A ese ritmo, podrían alcanzar pronto la capacidad de ejecutar operaciones muy complejas de forma casi instantánea, algo fuera del alcance de cualquier ser humano. No es casualidad que Sanders haya impulsado una propuesta legislativa para frenar el desarrollo de estos modelos.
El escenario que preocupa a Lagarde, a Sanders y a reguladores de medio mundo es concreto: si semejante potencia de fuego terminara en manos equivocadas, un ataque de fuerza bruta ejecutado por un operador de IA incansable, programado para romper las defensas de un banco, una blockchain o un sistema de pagos virtual, podría volverse prácticamente indetenible. El resultado sería un efecto dominó capaz de dejar vulnerable la totalidad del sistema de transacciones en línea.
Para los inversores y ahorradores en España y América Latina, la advertencia de Lagarde tiene una dimensión práctica inmediata: los sistemas de pago digital y las plataformas de activos digitales que utilizan a diario dependen de la misma infraestructura que el BCE intenta blindar. Vigilar cómo avanza el marco regulatorio del AI Act y sus implicaciones para proveedores de servicios cripto bajo MiCA será determinante en los próximos meses.


