La Unión Europea retomó sus trabajos en Estrasburgo tras la pausa estival. Como es habitual, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, pronunció su discurso sobre el Estado de la Unión, especialmente esperado tras el auge de la ultraderecha del AfD en Alemania. Su diagnóstico fue claro: los nacionalismos amenazan con disolver la Unión y deben ser frenados, enviando señales firmes de cohesión.
El proyecto europeo atraviesa una fase crítica, socavado desde múltiples flancos por el retorno de corrientes aislacionistas. Para recomponerlo, según von der Leyen, es necesario seguir apoyando sectores tradicionales como la agricultura, reforzar el compromiso medioambiental y sostener las inversiones en inteligencia artificial, ámbito en el que el Viejo Continente acumula un retraso peligroso. La Unión Europea debe ser mucho más que el espacio Schengen y la moneda común.
El euro digital como palanca común
A diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos, donde se optó por bloquear el dólar digital, Bruselas quiere continuar con la digitalización de la moneda única europea. Desde Bruselas se habla de un lanzamiento oficial para 2029, tras un bienio experimental que seguirá al arranque de un proyecto piloto previsto para el próximo año.
La apuesta por una stablecoin pública, cuya soberanía monetaria podría erigirse como contrapeso al dólar privado, es hoy ante todo una apuesta arriesgada. Pero también representa un compromiso colectivo de los 27 Estados miembros que proyecta unidad, un concepto al que muchos políticos y dirigentes del Viejo Continente parecen haberse vuelto sordos.
La digitalización de la moneda no fue el centro del discurso de von der Leyen, que puso el foco en los aspectos financieros y en las inversiones que deben autorizarse con urgencia, como las destinadas a la inteligencia artificial. Europa acumula un retraso considerable frente a las dos grandes potencias del sector: Estados Unidos y China.
¿Puede la IA relanzar la economía europea?
Según un monitoreo reciente del European Policy Innovation Council, publicado en julio, la brecha de productividad entre la eurozona y Estados Unidos habría escalado de 9 dólares por hora trabajada en 2018 a 21 dólares en 2025, de acuerdo con el análisis de ING Think.
En los planes de von der Leyen, la inteligencia artificial podría convertirse en un estímulo real para la economía del bloque.
Se ha abierto una convocatoria para un máximo de siete AI Gigafactories, con fecha de cierre el próximo 12 de noviembre. El programa contempla un techo de 10.000 millones de euros en recursos europeos y nacionales, diseñados para movilizar hasta 20.000 millones en inversión privada, alcanzando un total de 30.000 millones de euros destinados a un sector estratégico que capta financiación masiva pese a que muchos comparten serias dudas sobre su trayectoria.
Bruselas aportará en torno a 5.000 millones de euros, junto a los Estados miembros, que contribuirán con una cifra similar en conjunto. Esas magnitudes quedan muy lejos de las cifras globales, hasta el punto de parecer marginales. Los hyperscalers estadounidenses, que tienen el objetivo preciso de distanciarse de China en este sector, planifican inversiones cercanas a los 700.000 millones de dólares solo en 2026, según datos de Bloomberg, con posibilidad de corrección al alza para el año siguiente. La UE parte desde una distancia enorme. La intención de la Comisión Europea de apostar por la IA, con estas cifras, seguirá siendo, por ahora, solo una intención.
Normativa y regulación: donde la UE juega con ventaja
Si las posibilidades de inversión sitúan a Europa persiguiendo a Estados Unidos, existe un frente regulatorio en el que Bruselas sí se adelantó. La AI Act, en vigor desde el verano de 2024, es el primer reglamento exhaustivo sobre inteligencia artificial a escala global. Su aplicación sigue una gradualidad extrema y podría quedar desfasada frente al crecimiento tumultuoso del sector.
El tema está en el centro del debate precisamente estos días, porque se libra un choque entre Donald Trump, que empuja con fuerza hacia la desregulación, y los directivos de las principales empresas de desarrollo de IA, que por su parte reclaman un marco normativo sólido y exigente.
Crear un espacio donde sea posible investigar y desarrollar tecnología bajo reglas claras puede ser una respuesta válida al hiperliberalismo estadounidense. Los desarrolladores e ingenieros que trabajan en el perfeccionamiento de modelos de IA generativa podrían preferir avanzar en un entorno con reglas definidas, antes que en una suerte de Salvaje Oeste tecnológico. Para América Latina, acostumbrada a convivir con marcos regulatorios inestables, el modelo europeo ofrece una referencia concreta sobre cómo ordenar el desarrollo de tecnologías disruptivas sin ahogar la innovación.



