Novecientos veinte millones de dólares al mes, anunciados el 5 de junio de 2026, una semana antes de la salida a bolsa de SpaceX. Esa es la cifra que Google pagará por acceder a la potencia de cómputo del grupo de Elon Musk. En términos anuales, son cerca de 11.000 millones de dólares. Para alquilar GPU. El detalle que define esta época es precisamente ese: una empresa de cohetes se convierte en el proveedor de infraestructura de inteligencia artificial de un rival.
El acuerdo tiene una estructura que habla por sí sola. Acceso creciente hasta septiembre a tarifa reducida, cláusula de cancelación con 90 días de preaviso después del 31 de diciembre de 2026, y una penalización implícita: si SpaceX no entrega las GPU prometidas antes del 30 de septiembre, Google puede salir del contrato o aceptar menor capacidad con descuento. Nadie firma estas condiciones cuando la potencia de cómputo es abundante. Se firma cuando escasea.
Los números detrás de la carrera
El contrato Google-SpaceX es una sola pieza de un mosaico enorme. Según guidance oficiales presentados en earnings calls, los cinco principales hyperscalers apuntan a un capex combinado de entre 635.000 y 690.000 millones de dólares en 2026. Amazon proyecta por sí sola 200.000 millones. No son estimaciones de una startup buscando atención: son cifras comprometidas públicamente.
Capex 2026 de los cinco hyperscalers (miles de millones de dólares, estimación)
Fuente: Goldman Sachs, Futurum Group, guidance corporativas, 2026
Goldman Sachs amplía el horizonte y estima cerca de 7,6 billones de dólares en capex vinculado a la IA entre 2026 y 2031. BloombergNEF sitúa a los catorce principales operadores de centros de datos cerca de 750.000 millones de dólares solo este año, con más de 23 gigavatios de capacidad en construcción. Son cifras que han dejado de ser abstractas.
El cuello de botella ya no es el chip
Durante años el límite fue la GPU. Ahora es la electricidad. Los centros de datos globales avanzan hacia un consumo de entre 485 y 950 teravatios-hora antes de 2030, según proyecciones de BloombergNEF, más del triple de la demanda eléctrica anual de toda España. Los tiempos de conexión a la red superan los cuatro años en muchos mercados, y operadores como Nvidia han ralentizado la expansión de algunos clústeres no por falta de tarjetas gráficas, sino por falta de megavatios.
Ahí radica el sentido del acuerdo con SpaceX. Cuando la capacidad de cómputo es escasa, quien controla infraestructura y acceso a energía se convierte en proveedor estratégico, aunque su negocio principal sean los cohetes. La misma lógica empuja a las grandes tecnológicas hacia la energía nuclear y los reactores modulares, buscando desbloquear megavatios en el corto plazo.
Qué significa para quienes siguen el sector
Tres frentes importan más que otros. El primero es la concentración: pocos actores controlan cómputo, energía y capital, y el alquiler cruzado de GPU entre competidores vuelve las cadenas de suministro más interdependientes y frágiles. En LATAM, donde la infraestructura cloud sigue siendo dependiente de centros de datos ubicados en EE.UU. y Europa, esta concentración tiene implicaciones directas sobre costos y disponibilidad de servicios de IA.
El segundo frente es el riesgo financiero: tres de los cuatro hyperscalers perdieron valor de mercado tras sus últimas presentaciones de resultados, señal de que los inversores temen compromisos de gasto demasiado agresivos frente a los ingresos actuales. El tercero es la seguridad de la infraestructura, ya puesta a prueba cuando Google documentó el primer exploit zero-day generado por IA. La pregunta de fondo es una sola: no si habrá suficiente capacidad de cómputo, sino quién controlará la potencia para hacerla funcionar. Hoy, parte de esa respuesta llega desde una plataforma de lanzamiento en Texas.
